Raro es sentir saciada la necesidad. Porque como carencia tiende a la elasticidad y a fagocitar toda sustancia destinada a colmarla. Así, devenimos seres cuya idiosincrasia es la escasez, y esa falta infinita es la plataforma sobre la que se catapulta el capitalismo; metamorfosea la necesidad para que sintamos el impulso de calmarla con el
Categoría: Anagramas
Avezados en los entresijos de la existencia, no permanecemos por ello exentos de conmovernos ante la amplitud de lo posible que deviene acontecer. Y en ese perpetuo e imprevisible estar, podría acometernos una situación insólita, semejante a la que producimos oníricamente y que se no antoja inverosímil. Como, y a modo de ilustración, descubrirnos en
Subyugados por una irritación del flujo neuronal, se deslizan, ante nuestra impotente mirada, los modos, los gestos, las palabras, anidándonos casi inánimes en la penumbra del intento fracasado de ejecutar las conexiones sinápticas pertinentes. Algo así, como si nos excediera el cúmulo de aconteceres, que nos ocupan y preocupan, y ante semejante asalto se desfigurara
No es un ejercicio liviano el reconocimiento de las propias insuficiencias, carencias y limitaciones. Es como identificar lo sucio que velamos a los otros en nuestro aparecer casi impoluto, y vernos disociados entre lo que mostramos y esa mezcla que nos enmugrece y nos enturbia. Quien se siente capaz de desenmascararse ha conseguido, en primer
Todo tuvo su inicio bajo los parámetros internos de un momento y un lugar imprecisos y difusos. El acontecimiento era en sí inviable, por estar sujeto a la rémora de quien abatido por la hierática y gélida actitud emocional, se oponía a ligámenes que hubiera debido asumir con la responsabilidad correspondiente. Así, de una ausencia
Es irrelevante cómo transitamos en la perenne búsqueda del sentido. Qué devaneos, estrategias o pericias perpetramos en la ansiada delimitación de nuestro por qué y para qué. Lo sustancioso es en qué consiste esa acotación: si en el desvelamiento de lo que hay, o en la generación de lo que no hay. Ahí reside la
Deslizándonos, sin ejercer la voluntad, por la pendiente del tiempo, gastamos ese tramo incognoscible en el que existiremos. Porque el trazado de la vida es una inclinación descendiente que se consume, aunque se nos presente como un escarpado montículo laborioso de trepar. Y es que el tiempo se esfuma sin apercibirnos en el afán de
La disposición con la que un individuo se sitúa ante la existencia, condiciona cómo los acontecimientos, más o menos previsibles o azarosos, devienen un infierno o una oportunidad casi salvífica. Un hecho puede precipitar el hundimiento y un final truculento, o bien mutarse en la ocasión de realizar anhelos, siempre pendientes; eso sí, con un
Si de nada sirve un soponcio derivado de la frivolidad de un gesto, ¿para qué padecer una corajina por la insustancialidad de otro, nítidamente ajeno? Más avispado es quien retorna indiferencia, es decir no reacciona ni se afecta, a la veleidad de aquel que carece de subjectum, y no puede ni vislumbrar en qué consiste
Padecemos la ausencia ineluctable, porque es lo único que –paradójicamente- hace presente lo perdido; recuperando con ese agudo dolor la imagen, el recuerdo vívido de quien se alejó, casi sin mirar atrás. Y anhelamos, ansiamos cualquier gesto que sea un indicio de que seguimos existiendo, para quien se tornó lo ausente.