“Que la angustia descubre la nada confírmalo el hombre mismo inmediatamente después que ha pasado. En la luminosa visión que emana del recuerdo vivo nos vemos forzados a declarar: aquello de y aquello por… lo que nos hemos angustiado era, realmente, nada. En efecto, la nada misma, en cuanto tal, estaba allí (…) (…) La
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El diagnóstico sobre la hipervelocidad o la prisa -como matiza Joan Carles Mèlich- de las sociedades actuales es ya un clásico, o sea que no aporta ninguna novedad. Es un aspecto consustancial al desarrollo del capitalismo del consumo desarrollado a la par con lo que se ha dado en llamar la postmodernidad, puesto sobre la
Después de tres años de funcionamiento del CLUB MUNDIAL DE FILOSOFÍA, el cual ha organizado ciclos, maratones, seminarios, especiales, y otras actividades gratuitas, complementando con lo que ha sido la DIPLOMATURA DE FILOSOFÍA POLÍTICA PARA LA TRANSFORMACIÓN SOCIAL, hemos visto la necesidad de realizar el primer encuentro presencial que nos permita tomar conciencia de que
Estoy leyendo “La fragilidad del mundo” de Joan Carles Mèlich, al cual tuve el placer de escuchar el pasado viernes en El Casino de L’Hospitalet, pensando en alto, usando ese lenguaje que nos constituye de una forma humilde y cercana, emocionado al desbordarse por las palabras y sin ningún atisbo de grandeza por haber recibo,
Hay edades que se hallan inmersas en la incertidumbre de un final precipitado. Siendo realistas, nuestra contingencia nos puede azotar con la guadaña en el instante menos esperado, aunque las estadísticas parecen corroborar – ¡bendita ciencia del número que todo lo clarifica! – que hay tiempos más proclives para las despedidas. Esos tiempos poseen un
Lo político, ahondando en su relevancia, es el quid de la cuestión en la existencia de los humanos. Hablamos de las condiciones sociales, económicas y culturales a las que está sujeta la organización de la sociedad. Es decir, si esta garantiza las condiciones materiales y las posibilidades de ejercer los derechos, que como ciudadanos se
Lo recurrente en la existencia no es lo que reaparece cansinamente, sino lo que siempre yace en ella porque es inherente a su condición. Así, la finitud por ser entes corpóreos no es una obsesión de los que no la asumen como propia; por el contrario, cuando se convierte en objeto obsesivo es, precisamente, cuando
Decía Mainländer que: “la verdadera filosofía debe ser puramente inmanente, es decir, tanto su tema como su límite han de ser el mundo”[1], ya que no puede recurrirse a lo extramundano para explicarlo, pues dicha construcción se fundamentaría en lo no cognoscible ni justificable a su vez. Esta convicción haría las delicias de cualquier materialista
Nadie sale indemne de una infancia sometida al pavor y a la supervivencia del más hábil. Esos seres bajitos se resguardan bajo la mesa, detrás de una cortina o se mimetizan en el rincón de una habitación, cuando los gritos, golpes y alaridos los llevan a temer lo peor. Y lo peor en la niñez
Los que nos dedicamos a la Filosofía, de una manera u otra, podemos caer en una flagrante contradicción: predicar la necesidad de la reflexión y el análisis de cuanto acontece para, distanciados de la presión del ocurrir, desvelar los mecanismos implícitos, u ocultos premeditadamente, que nos domeñan y anulan como individuos críticos, y simultánea e









